Sortilegio es una obra de enorme interés, tanto por los temas que aborda como por el tratamiento formal de los mismos, además de la curiosidad de partida que suscita su autora.
Dos temas, en efecto, aparecen en la obra que la hacen especialmente atractiva en 1930, el año de su estreno en Buenos Aires: la homosexualidad y el suicidio.
Los años veinte son una época de efervescencia teatral. Las vanguardias están en plena ebullición, y la escena se llena de tentativas renovadoras. En 1924 publica Valle-Inclán la versión definitiva de Luces de bohemia. En 1927 Azorín ha estrenado Lo invisible, Unamuno El otro y Claudio de la Torre Tic-tac. En 1929, Rivas Cherif estrena Un sueño de la razón y Ramón Gómez de la Serna Los medios seres. Y el mismo año de Sortilegio, 1930, publican Valle-Inclán Martes de carnaval y García Lorca El público.
Si algo tienen en común todos estos títulos es el deseo de tantear caminos nuevos, y para ello buscan en el expresionismo, el simbolismo o el surrealismo; pero también exploran en la tradición de la tragedia y en la pureza del guiñol, del mundo de los títeres. Ambas tradiciones están, como veremos, en Sortilegio.
Pero detengámonos primero en María Lejárraga. La autora, que firmó casi toda su obra con el apellido de su marido, Gregorio Martínez Sierra, es coetánea de la generación del 98. Nace en 1874, un año más tarde que Azorín. Su educación está ligada a la Institución Libre de Enseñanza, pues se forma en la Asociación para la Enseñanza de la Mujer. Ejerció diez años como maestra, época durante la cual comienza a escribir. Habría que estudiar en algún momento la figura de estos profesores-dramaturgos, como Alejandro Casona, o Pedro Salinas, y nos sorprenderíamos de su abundancia.
Desde muy pronto se compromete con la defensa de los derechos de la mujer, colaborando con figuras de la talla de Victoria Kent, Clara Campoamor, o Emilia Pardo Bazán. Participa en el Lyceum Club que funda María de Maeztu, y en la Asociación Femenina de Educación Cívica que, entre otras actividades, promueve la renovación teatral con la creación del Club Anfistora, dirigido por Pura Maortua y Federico García Lorca.
María firma sus obras desde el principio con el nombre de su marido, importante empresario, director y autor teatral. Dirigía la editorial Renacimiento, era propietario del Teatro Lara y de la Compañía cómico-dramática Martínez Sierra. Asimismo, fundó las decisivas revistas Helios y Renacimiento, donde publicaron los más importantes autores modernistas. Como consecuencia de esta actividad cultural, María entabló amistad con muchos de los autores del momento, en especial con Juan Ramón Jiménez. Lo que no se supo hasta más tarde es que la autora, además de publicar sus propias obras con el nombre de su marido, creaba la mayor parte de las de éste, incluidas algunas tan destacadas como Canción de cuna o El amor brujo. Fue la profesora Patricia O'Connor quien descubrió, en el año 2000, un baúl lleno de cartas que confirmaban esta autoría. En ellas, Gregorio pedía con insistencia textos a su esposa, con la que no convivía desde hacía años, una vez que había consolidado su relación con la actriz Catalina Bárcena, e incluso se había establecido con ella y la hija de ambos en Hollywood.
¿Por qué siguió escribiendo para Gregorio cuando éste se había marchado con Catalina Bárcena? La misma Patricia O'Connor busca una explicación en un ensayo feminista de 1917: "Las mujeres callan... porque creen firmemente que la resignación es virtud... callan por costumbre de sumisión... callan, porque en fuerza de siglos de esclavitud han llegado a tener alma de esclavas" (Feminismo, feminidad, españolismo.) En 1930 pone en boca de un personaje que habla a un viudo sobre su mujer: "Fue tu compañera, y no fue tu igual... Pensó contigo, lucho contigo, trabajó contigo, afanó contigo...; ¡tú solo triunfaste! ¡Cuántas noches la he visto, rendido tú, repasando tus notas, poniendo en orden tus papeles, rectificando tus errores, preparando el discurso en que habías de brillar! ... ¿Quién se ha retirado, a la hora del triunfo, para dejarte a ti toda la vanagloria? ¿Quién ha hecho el silencio en torno tuyo para que no se oyera más que tu voz?" (No le sirven las virtudes de su madre.) Ena todo caso, el triángulo formado por Gregorio, María y Catalina era una relación de dependencia mutua, pues si Gregorio dependía de los textos de María, ésta necesitaba a la actriz y al director de escena.
El baúl encontrado por la profesora O'Connor contenía también el manuscrito de Sortilegio. La acción de la obra, única tragedia que escribió María Lejárraga, se desarrolla en Valencia. Paulina, hija de un perfumista adinerado, se enamora de Augusto, hijo del socio de su padre, que se ha suicidado. Augusto y su madre han dilapidado la fortuna familiar y la única salida que encuentran para saldar sus deudas y asegurarse una vida cómoda es el matrimonio con Paulina. Durante la luna de miel en París, ésta comienza a sospechar que algo ocurre en su matrimonio, al notar la frialdad de su marido y sus constantes ausencias. Un joven rubio lo busca en el hotel, y Paulina se inquieta cada vez más, sufriendo finalmente un ataque de nervios cuando vuelve Augusto, con un muñeco en la mano, en el que ambos creen ver simbolizada la figura del marido. De vuelta a Valencia, y ya recuperada, todo parece solucionado hasta que Augusto recibe un telegrama y comunica a su mujer que debe ausentarse de nuevo. Esta última crisis lleva al matrimonio al desenlace final, en el que Augusto declara que es incapaz de quererla "a su gusto", que "no puede ser". Ante las quejas, Augusto se defiende: "cada uno es como es, y siente como siente", para acabar suicidándose. Los dos protagonistas son figuras trágicas que pagan sus defectos: la inseguridad de creer en un "príncipe azul de cuento de hadas", en el caso de Paulina, y el egoísmo, en el caso de Augusto.
La tragedia no ha sido publicada, excepto como anexo en el estudio de Emilio Peral titulado "La verdad ignorada". Homoerotismo masculino y literatura en España (1830-1936). Los herederos De Gregorio Martínez Sierra han impedido su difusión por razones, al parecer, de carácter ideológico. En cuanto a su estreno en España, sólo hay noticia de un montaje en Valencia en 2009, por parte del grupo DONESenART.
Entre los documentos encontrados en el baúl, se hallan unas notas que debieron de formar parte del trabajo, aunque no cristalizaran en el estreno definitivo. Se trata de un epílogo protagonizado por unas figuras femeninas que encarnan ideas (Desatinada, Desesperada, La que aún no conoce el amor, etc.) Es interesante resaltar que este epílogo es muy moderno desde el punto de vista del lenguaje teatral. Recordemos que García Lorca acaba de escribir El público, obra que él mismo relacionará con el lenguaje del auto sacramental, como María Lejárraga hace con esos espectros femeninos.
En Sortilegio se combina un fondo de comedia burguesa al que se van añadiendo los filtros del psicoanálisis freudiano, la deshumanización de los títeres y el molde de la tragedia. En la obra hay ideas de bastante actualidad que demuestran la libertad de María Lejárraga en la presentación de mujeres modernas y precursoras de los valores actuales, como por ejemplo Cecilia, una amiga de Paulina en París (cuando escribe la obra, María se encuentra en Niza, cerca de un ambiente teatral más avanzado.) Cecilia es espontánea, sincera y crítica con los convencionalismos, al igual que Isabela, su hermana de diecinueve años, que viene al hotel con su novio para conocer a Paulina. En la conversación se burla de lugares comunes de las novelas galantes, como la esposa que vela el sueño del marido, o los celos. También reciben la visita de Leonardo, un joven amante de Augusto quien, con el pretexto de encontrarse con éste por asuntos de negicios, quiere, como se sabe más tarde, conocer a su mujer, circunstancia que Cecilia, mujer de mundo, parece sugerir con sus ironías. En la escena que vemos a continuación, perteneciente al segundo acto, Cecilia pregunta a Paulina si está embarazada, pues de otro modo no entiende sus cambios de humor y su actitud con su marido. El cinismo que exhibe está en línea con la labor de la autora contra el engaño del amor romántico y su deseo de apartar a las mujeres de los valores tradicionales, que las mantenían ignorantes y dependientes. En especial criticaban los cuentos de hadas y las novelas románticas, como las que se citan en el diálogo, que fomentaban el matrimonio como única meta de la mujer.
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CECILIA.- Porque de otro modo no puedo explicarme tu histerismo
PAULINA.- ¡Yo histérica!
PAULINA.- ¡No me hagas reír! (Se ríe un poco.)
CECILIA.- ¡Con reírme de ti tengo bastante! Anda, sacúdete. Date un poco de rojo que estás pálida y con ese traje hace falta color. ¡No estás tú vestida que digamos! ¡Casi me da vergüenza salir contigo! Parezco tu doncella.
PAULINA.- Me había arreglado un poco más pensando que saldríamos juntos! ¡Y ya ves!
PAULINA.- ¡No tanto!
CECILIA.- ¡Casi, casi! ¿Tú qué novelas lees?
PAULINA.- ¿Por qué?
CECILIA.- Porque pareces una heroína de Octave Feuillet. De eso hace casi un siglo, vida mía. Lee a Paul Morand, que está más a la última.
PAULINA.- ¿También hay modas para el sentimiento?
CECILIA.- ¡Anda! Mucho más que para el vestido. Pero adede dónde sales, criatura? ¡A ti te ha trastornado el seso la luna de tus jardines de España!
PAULINA.- ¿Y al pasar la frontera dejaste el corazón en la aduana?
CECILIA.- ¡Ja, ja, ja! Chiquilla, ¡eres impagable, como dicen aquí! (La abraza efusivamente. Llaman al teléfono.)
PAULINA.- ¡Eh! ¿Le habrá pasado algo?
CECILIA.- ¡Seguro! (Se ríe.) Se ha caído al Sena y se lo están comiendo los pececitos de colores. ¡Estás de remate! (Coge el teléfono.) ¡Alló! Si. No sé. Espere. (A PAULINA.) El Sr. Dornier pregunta si reciben los señores.
PAULINA.- ¿Dornier? No lo conozco. Que no está Augusto, que no.
CECILIA.- Mujer, han dicho los señores. Recíbelo. (Se ríe.) Puede que sea un tipo interesante.
PAULINA.- ¿Por qué?
CECILIA.- Por nada. Siempre divierte conocer gente nueva
PAULINA.- Bueno, que suba.
CECILIA.- (Al teléfono.) El Sr. Dornier puede subir si gusta. (Se mira al espejito y se da polvos.)
PAULINA.- ¡Sí, sí, date mano de gato! A lo mejor es uno de esos notarios con quienes se pasa la vida para el dichoso asunto de la herencia.
CECILIA.- ¡También un notario puede tener sentido estético! (Llaman nuevamente a la puerta.) ¡Adelante! (Se abre la puerta y entra LEONARDO. Es un jovencillo decadente y elegante, rubio, exquisitamente vestido con ademanes vivos y mirada miope, y un poco insolente.)
LEONARDO.-¡Oh, señora! Encantado de que una indiscreción involuntaria me permita ofrecerle mis respetos.
PAULINA.- ¿Indiscreción?
LEONARDO.- Nunca me hubiese permitido imponer a usted mi presencia, aun en el caso de que Augusto hubiese estado con usted. He venido únicamente a saber si Augusto había vuelto a Londres. Eso es lo que he preguntado en el despacho del hotel, pero sin duda han comprendido mal. He subido creyendo encontrar solo a Augusto.
PAULINA.- No se disculpe usted, no es ningún crimen.
CECILIA.- (Con malicia.) ¡Aunque tal vez sea una decepción!
LEONARDO.- ¡Oh, señora!
PAULINA.- (Presentando.) La señora de Hernández Pacheco.
LEONARDO.- Señora...
PAULINA.- Siéntese usted.
LEONARDO.- No, no. Una vez más, mil perdones. Me retiro.
PAULINA.- ¿No quiere usted que diga nada a mi marido?
LEONARDO.- Nada. Ya lo encontraré por ahí. He entrado al pasar. Como estaba seguro de que pensaba volver ayer de Londres.
LEONARDO. Y me sorprendió no haberlo visto anoche. Pero nada.
CECILIA.- ¿Por lo que se ve son ustedes terriblemente amigos?
LEONARDO.- ¿Terriblemente? No sea usted mala.
CECILIA.- ¡Fraternalmente!
LEONARDO ¡No, por Dios! Nada de familia. Nuestra amistad es algo que está por encima de esos calificativos... (Busca la palabra.)
CECILIA.-¿Vulgares?
LEONARDO.-Oh, no me hubiese atrevido a decir tanto. Señoras, si no tienen ustedes nada que mandarme... Señora, con el mayor respeto, encantado de haberla conocido. ¡Es usted un espectáculo delicioso!
CECILIA.- ¡Usted también!
LEONARDO.- ¡Eh!
PAULINA.- (Conteniendo la risa.) Mi amiga ha querido decir que también nosotras nos alegramos.
LEONARDO.- ¡Y usted es mala, mala!
CECILIA.- Afortunadamente.
LEONARDO.- No me atrevo a esperar el privilegio de ver a usted a menudo.
CECILIA.- Querrás decir este mamarracho.
PAULINA.- ¿Tan amigos, tan íntimos?
CECILIA.- Eso dice él, pero falta que sea verdad
PAULINA.- ¿Cómo Augusto no me ha hablado de él nunca?
CECILIA.- ¿Es que le has exigido una lista de todos los pájaros exóticos a quienes ha podido conocer?
PAULINA.- Sabe que había prometido volver ayer de Londres.
CECILIA.- Niña, niña, ¿vas a tener celos hasta de este final de ramillete!
PAULINA.- No son celos. Es...
CECILIA.- Chifladura. A menos que te haya sucedido algo realmente grave.
PAULINA.- ¿Grave? (Con alarma.) ¿Qué estás pensando?
CECILIA.- Chiquilla, mírame.
PAULINA.- ¿Qué estás pensando?
CECILIA.- La verdad, no tengo demasiado derecho a pedirte confidencias. Somos parientas y yo te quiero mucho, pero no sé si tú tienes en mi amistad la fe suficiente. (PAULINA no responde.) Soy frívola, es cierto, pero mi frivolidad cae por fuera. Por dentro tengo un corazón más serio que un juez y más sensible que un pétalo de rosa. Es mi secreto. Cada uno se defiende como puede. Por Dios no se lo digas a nadie, que si se entera el mundo estoy perdida. Además soy un pozo sin fondo, de modo que, si tienes una pena de veras y te alivia contármela, desahoga ese pecho. Me quitaré el sombrero para oírte mejor. (Tira el sombrero y enciende un cigarrillo.) ¿Te ríes? Menos mal. Así me puedo yo poner un poco seria. Confesión general. Señora, ¿ha hecho usted examen de conciencia? ¿Qué pecados comete contra usted su señor esposo?
PAULINA.- ¡No lo sé!
CECILIA.- ¡Ejem! De cierto es difícil saberlo. Pero, en fin, ¿qué sospechas inquietan ese corazón?
PAULINA.- ¡No lo sé!
CECILIA.- ¿Cómo?
PAULINA.- No sé nada, no sospecho nada, no hago más que angustiarme en el vacío. Hay algo, algo. Yo no sé dónde está ni en qué consiste. En el aire envolviéndome, arañándome, hablándome al oído, ¡no!, queriéndome hablar en una lengua que yo no entiendo, acercándose, alejándose, haciendo mucho ruido... desvaneciéndose.
CECILIA.- Una audición de radio en día de tormenta. Cómprate un Telefunken.
CECILIA.- ¡Verdugo de ti misma! Pero ¿eres española o eres rusa?
PAULINA.- (Con decisión absoluta.) ¡Augusto no es mío!
CECILIA.- ¡Nadie es de nadie!
PAULINA.- ¡Yo sí, yo sí!
CECILIA.- ¿Hasta ese punto?
PAULINA.- ¡Y más!
CECILIA.- Muy mal negocio. Pero, en fin, entendámonos. ¿No es tuyo porque es de otra?
CECILIA.- ¿Tanto?
PAULINA.- ¡Tanto! Es la primera idea que a un corazón celoso se le ocurre, ¡pero no!
CECILIA.- ¡Mujer! ¡Hasta los bolcheviques tienen policía secreta!
PAULINA.- ¡Y nada, nada, nada! Ni un nombre sospechoso, ni un retrato, ni una flor olvidada. ¿Te cuento una cosa?
CECILIA.- ¡Tú verás!
PAULINA.- ¿Te reirás de mí?
CECILIA.- ¡Es muy posible!
PAULINA.- Hace pocas noches le miraba dormir.
CECILIA.- Psiquis y el amor. Motivo de reloj de chimenea ya un poquito pasado de moda. Sigue, sigue.
PAULINA.- Lo miraba dormir. Sentía yo una angustia más grande que nunca. El también se inquietaba: en sueños suspiraba gemía...
CECILIA.- ¡Pesadilla! ¿Lo despertaste?
PAULINA.- No. Le puse una mano sobre el corazón y apreté un poco diciéndole: «Augusto, ¿en qué piensas?». En nuestra tierra dicen que preguntando así al que duerme no tiene más remedio que decir la verdad.
CECILIA.- Ya lo sé. ¿Y qué?
PAULINA.- Si llega a pronunciar un nombre de mujer, me muero. Pero no. Dijo: «Ay, madre, madre, cómo se te ha corrido el colorete!».
CECILIA.- ¡Ja, ja, ja! ¿Tu deliciosa suegra se pinta en España tan prodigiosamente como en Francia?
PAULINA.- Lo mismo o mejor. Pero allí, en el campo, entre el calor y la humedad del mar, a veces le ocurren verdaderas catástrofes.
CECILIA.- ¡Y a su hijito, como es la quintaesencia de la estética, le da hasta pesadillas recordarlas! Eres tonta.
CECILIA.- ¡Eres tonta!
ISABELA.- ¡No me riñas, hermana! Traigo a mi candidato número uno que está rabiando por conocerte. Los hombres, ¡pobrecillos!, son tan curiosos. Y como tú estás siendo la atracción de la colonia... ¿Puede pasar?
PAULINA.- ¡Viniendo contigo! ¿Dónde te lo has dejado?
ISABELA.- Ahí, en el pasillo, junto al ascensor. Voy por él. ¡Hija, qué guapa estás! Me da miedo dejar que te vea. Por más que no... Las señoras casadas ya no sois excitantes para los muchachos.
CECILIA.- ¡Fíate!
ISABELA.- Eso era en otros tiempos, cuando las pobrecitas solteras estaban suspirando por casarse y ellos sabían que no había más que llegar y besar el santo. Pero, lo que es ahora, con lo difíciles que nos hemos puesto, no hay peligro. Ya les damos nosotras bastantes emociones.

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